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DESPUÉS DE APRENDER A LEER Y ESCRIBIR, AURELIA ENCARA UN NUEVO PROYECTO CADA DÍA
La alfabetización, una herramienta indispensable para la inclusión social



2012-07-17 02:53:58
Aurelia estaba sentada, lucía un gorro negro de paño polar y llevaba bastante abrigo. Saludó de modo afectuoso y con una sonrisa que perduró a lo largo de todo el relato. Su historia es esfuerzo, trabajo, dedicación, voluntad, perseverancia, también alegría y naturaleza. Hace casi nueve años que llegó a Puerto Madryn y cuatro que atravesó las puertas del Comedor Infantil de la ciudad y allí se quedó. Desde aquel entonces, muchos fueron sus logros, aunque los que más le causan brillo en la mirada son el haberse alfabetizado e integrado a la institución y haberse hecho cargo de la huerta, cuya cosecha es la materia prima en el menú de los más de 60 niños que asisten diariamente.
Nacida hace 54 años en un pueblo cerca de la bella ciudad boliviana de Potosí, se trasladó, junto a sus padres y hermanos, hacia Bermejo, en la frontera con Orán, Argentina. Allí se dedicó a duros trabajos de campo, tareas agobiantes que ocupaban a la familia durante toda la jornada. “Nos levantábamos a las 4 de la mañana para prepararnos el almuerzo y, después, íbamos al campo a pelar caña de azúcar a pico y hacha”, recordó Aurelia acerca de esa etapa de su vida que, según aclaró, fue entre sus 15 y 22 años.
Durante ese período, también cortó ladrillos a la par de su padre. En ese instante, describió las heridas que esa labor dejaba en sus dedos jóvenes al caer la tarde. Asimismo, colaboró en la cría de gallinas que, luego eran cambiadas por arroz, harina, aceite a otros paisanos. Aunque contó con orgullo su experiencia en las tierras ubicadas a la vera del río Bermejo, afirmó que siempre les aconseja a sus cinco hijos que se esfuercen por ser profesionales y hacer trabajos distintos a los de ella.
 
Levantar vuelo
 
Después de algunos años de estar en pareja, Aurelia decidió, junto a su compañero, venir a probar suerte a la Argentina, puesto que en su país el trabajo escaseaba y urgía la necesidad de un sustento económico para alimentar a los pequeños hijos. “No teníamos plata, un kilo de carne nos alcanzaba para toda la semana, hacíamos charqui -carne salada- y usábamos de a pedacito para el guiso”, expresó.
Así es que en busca de oportunidades laborales rumbearon, desde la localidad de frontera hacia una ciudad a la vera del inmenso océano. 
Según expresó la mujer, sus primeros tiempos en la Patagonia no fueron nada agradables, ya que mientras su marido partía hacia el campo a picar piedras o a cortar ladrillos, ella se quedaba sola y perdida. “No sabía nada, estaba metida adentro de la casa, no conocía a nadie, no tenía familia acá, no podía conversar con nadie. Me dolía la cabeza, parecía enferma”, detalló con un dejo de tristeza. Entonces, su médica le recomendó iniciar alguna actividad o hacer ejercicio físico para despejar su mente y estar contacto con otros.
Días después, escuchó por la radio que en el Comedor Infantil funcionaba un plan de alfabetización abierto a la comunidad. Le comentó la noticia a su hija y no pasaron muchos días para que Aurelia llegara a las puertas de la institución y se sentara en el aula.
Así es que aprendió a leer y a escribir además de establecer relaciones con sus pares y maestros. Esto significó, sin dudas, un quiebre en su vida. En palabras de Alicia Cioccale, presidenta de la Comisión Directiva del Comedor Infantil de Puerto Madryn, participar en un espacio de alfabetización le devolvió a Aurelia la confianza en sí misma y le ayudó a comprender que era capaz de brindar muchas cosas a partir de su experiencia y aprendizajes. Ese logro sirvió para que esta mujer sabia tomara carrera y levantara vuelo, tanto que hoy es la primera de la lista en cada una de las actividades que se organizan en el Comedor.
En el lugar encontró afecto, contención y un grupo de personas que la alienta y la acompaña en cada nuevo proyecto, un gesto que la boliviana agradece en cada mirada y con cada palabra.
 
Trabajar la tierra
 
Tal como describió El Diario en ediciones anteriores, el Comedor es un espacio de atención integral. En tal sentido, además de asistir a las clases diarias, Aurelia comenzó a trabajar la huerta del lugar. En esa labor despliega todos sus conocimientos en el trabajo de la tierra y se siente muy a gusto, puesto que aparece como una de sus pasiones en la vida.
La vitalidad que la caracteriza se plasma en la riqueza de su relato. Con gran detalle, habla de las verduras, de sus características y de las maneras de plantar cada una. Al tiempo que proyecta las especies que cultivará el próximo verano y las modificaciones que hará en los surcos.
El contacto con la tierra la mantiene activa, sana y alegre. “Con esto me siento tranquila, liviana. Antes, caminaba y me agitaba. Al Comedor vengo todos los días y así me divierto. Estoy contenta”, destacó. Esa sensación se traduce en los resultados de sus exámenes médicos de rutina, dado que la médica le dijo que mejoró muchísimo, y así lo expresan los valores de sus análisis.
Pensar en el cultivo de vegetales le ilumina el rostro y le reafirma la sonrisa. “Me levanto temprano y a las 6 de la mañana ya estoy aquí, espero hasta que aclare y me pongo a trabajar”, contó.
Fruto de la alegría que le genera cultivar y de la energía que le imprime a su trabajo, la producción resulta numerosa. Así es que, en el verano, los niños y niñas pudieron alimentarse de zapallo, papa, zanahoria, lechugas, habas, perejil, arvejas, tomate, albahaca, frutillas, choclos, sandía, melón, lino y hasta maní. “Acá es todo natural, sin ningún tipo de químicos”, aclaró. Asimismo, refirió que siempre prueba alguna verdura o fruta nueva y que sólo empieza a preocuparse cuando las plantas no nacen.
Fuente de una gran sabiduría y nobleza, la mujer de 54 años sostiene que, con esfuerzo y dedicación, todo crece. Y es esa, precisamente, su lección de vida: sortear obstáculos, salir adelante, recuperar la confianza, creer en el trabajo propio, superarse constantemente.
Aurelia logró dejar atrás una época de encierro, tristeza y poca motivación. Hoy, encuentra estimulación en los aprendizajes que logra en el aula día a día y también en la huerta, cuya cosecha es gran parte del alimento de más de 60 niños que concurren desde distintos barrios de la ciudad. Actualmente, ella está conectada con las ganas de seguir aprendiendo. Hoy, se siente libre y con la confianza de tomar sus propias decisiones y continuar superándose continuamente. 
 
Sobre el Comedor Infantil de Puerto Madryn
 
El Comedor Infantil de Puerto Madryn, ubicado en Domecq García Norte al 425, es una asociación civil sin fines de lucro creada en el año 1962 por iniciativa de  un grupo de mujeres.
En la actualidad, concurren alrededor de 67 niños y niñas, aunque también se atiende a mamás adolescentes y sus bebés. El menú cuenta con la supervisión de una nutricionista por lo que la dieta posee los nutrientes necesarios para el desarrollo del cuerpo. Asimismo, el Comedor dispone de servicios de oftalmología y odontología sumado a la articulación permanente con el Hospital Zonal Andrés Ísola. 
No obstante, quienes están a cargo de lugar entienden que no sólo de trata de alimentar sino que la tarea, además, se apoya sobre pilares fundamentales: contención, acompañamiento y educación. En palabras de Alicia Cioccale, presidenta de la Comisión Directiva de la institución, “la alimentación es fundamental para que el cerebro pueda desarrollarse adecuadamente. Aunque, la educación es primordial. Nuestra intención no es hacer ni caridad ni asistencialismo, sino sembrar en estas nuevas generaciones”.
Además, un grupo de profesionales voluntarias ofrece distintas actividades destinadas a pequeños y jóvenes. En ese marco, también se hace especial hincapié en la concientización sobre las distintas formas de violencia de género.
 
 
 





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